Columna de opinión de Manuel Alejandro Chávez
En un domingo, uno de esos clásicos domingos ventosos que ya son costumbre en estas pampas, con el Antropoceno pareciendo despertarse de golpe, escribo estas líneas en la previa del último debate presidencial y a apenas una semana de las elecciones.
Lo hago, fundamentalmente, por una deuda que siento con quienes me leen.
Durante casi veinte años hubo personas que eligieron este espacio para informarse, discutir, coincidir, enojarse conmigo y volver al día siguiente. A todos ellos les debo, como mínimo, la sinceridad de decir lo que pienso cuando considero que nuestro país atraviesa una instancia decisiva.
Y hoy siento preocupación.
No solamente por Javier Milei como candidato, sino por algunas de las ideas, discursos y formas de entender la Argentina que representa.
La grieta argentina, conviene recordarlo, no nació con Mauricio Macri, ni con el kirchnerismo, ni con aquel Juntos por el Cambio que hoy parece pertenecer a otra época.
Nuestra grieta es muchísimo más vieja.
Ya antes de 1810 discutíamos si continuar bajo la tutela de España o construir una Nación libre. El Cabildo Abierto del 22 de mayo es probablemente uno de los ejemplos más claros. Quien quiera profundizar en aquellos debates puede encontrar una extraordinaria descripción en Historia Constitucional Argentina, de José Rafael López Rosas.
Después discutimos monarquía o república.
Unitarios o federales.
Centralismo o federalismo.
Liberales o movimientos populares.
En definitiva, desde que la Argentina comenzó a imaginarse a sí misma discutimos qué país queremos ser.
Pero hubo momentos en que esas diferencias dejaron de ser simples discusiones políticas y comenzaron a representar intereses económicos y sociales profundamente contrapuestos.
Hacia fines del siglo XIX, una pequeña elite vinculada fundamentalmente al modelo agroexportador concentraba buena parte del poder político y económico, mientras miles de trabajadores sobrevivían en conventillos, galpones o ranchos levantados alrededor de ciudades que crecían desordenadamente.
Desde ese barro comenzaron a aparecer movimientos políticos capaces de representar a quienes hasta entonces prácticamente no tenían voz.
Uno de sus grandes líderes fue Hipólito Yrigoyen.
La Ley Sáenz Peña abrió definitivamente las puertas al voto secreto, obligatorio y universal masculino, transformando para siempre la participación política argentina y permitiendo que sectores populares comenzaran a intervenir de manera decisiva en las elecciones.
Décadas después aparecería Juan Domingo Perón.
Y allí la discusión volvió a cambiar.
Porque más allá de cualquier evaluación histórica que pueda hacerse sobre el peronismo, existen conquistas laborales y sociales que modificaron profundamente la relación entre trabajadores, empresarios y Estado.
Jornada laboral, vacaciones pagas, aguinaldo, convenios colectivos, derechos sociales.
Aquello generó una reacción feroz.
En 1955, aviones de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo buscando derrocar al gobierno constitucional. Murieron civiles. Meses después llegó el golpe de Estado y comenzó una larga etapa de proscripción del peronismo.
Perón permanecería fuera del país durante casi dos décadas.
Pero la Argentina no encontró estabilidad.
Y finalmente regresó.
El país que recibió era distinto al que había dejado. También lo era el mundo.
Pocos años después comenzaría otra tragedia.
La dictadura y una herida que todavía no termina de cerrar
La última dictadura cívico-militar dejó algunas de las páginas más oscuras de nuestra historia.
Desapariciones.
Torturas.
Centros clandestinos de detención.
Robo y apropiación de bebés.
Persecución política.
Censura.
Miles de familias todavía cargan con las consecuencias de aquello.
No estamos hablando de una discusión académica.
Estamos hablando de madres que perdieron hijos, de abuelas que buscaron durante décadas a sus nietos y de argentinos que fueron secuestrados, torturados o asesinados por el propio Estado.
Por eso cualquier relativización de aquellos años debería preocuparnos.
También existe una dimensión económica que muchas veces queda relegada cuando hablamos de la dictadura.
La deuda externa argentina creció enormemente durante aquel período y la política económica implementada modificó profundamente la estructura productiva del país.
Décadas después, muchas de aquellas decisiones continuaron condicionando nuestra economía.
Después llegarían nuevas recetas.
Privatizaciones.
Convertibilidad.
Endeudamiento.
Aperturas económicas.
Cierres de industrias.
Desocupación.
Y finalmente el estallido de 2001.
La Argentina ya probó varias veces la fantasía de que el mercado, abandonado a sí mismo, solucionará mágicamente todos nuestros problemas.
No ocurrió.
¿Qué significan esas ideas para lugares como Sarmiento?
Y acá quiero bajar la discusión de los grandes libros de historia a nuestra propia tierra.
Porque resulta sencillo discutir economía desde un estudio de televisión porteño.
Otra cosa es hacerlo desde Sarmiento.
Cuando hablamos de reducir brutalmente la presencia del Estado o modificar la distribución de recursos entre Nación y provincias, no estamos discutiendo solamente números dentro de una planilla de Excel.
Estamos hablando de rutas.
Escuelas.
Hospitales.
Obras de agua.
Viviendas.
Seguridad.
Transporte.
Servicios.
Estamos hablando, incluso, de proyectos que departamentos alejados del centro provincial esperan durante décadas.
Por eso cualquier propuesta de modificar profundamente la coparticipación o el financiamiento provincial merece muchísimo más que un eslogan televisivo.
También debería preocuparnos cualquier política exterior basada más en afinidades ideológicas que en los intereses comerciales de la Argentina.
Brasil y China son actores fundamentales del comercio exterior argentino.
Podemos discutir gobiernos, modelos políticos e ideologías.
Pero los países serios defienden sus intereses.
Porque detrás de cada exportación existe trabajo argentino.
Y después está el odio
Quizás este sea el punto que más me preocupa.
Vivimos en un planeta atravesado por guerras, intolerancia religiosa, antisemitismo, racismo, homofobia, xenofobia y violencia política.
Necesitamos dirigentes capaces de bajar la temperatura.
No de aumentarla.
Podemos estar en desacuerdo con el papa Francisco.
Podemos criticar a Raúl Alfonsín.
Podemos cuestionar a Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Sergio Massa, Javier Milei o cualquier dirigente argentino.
Eso es democracia.
Pero convertir al adversario en enemigo es otra cosa.
Cuando la política comienza a construirse sobre insultos, humillaciones y desprecio permanente hacia quien piensa distinto, la sociedad termina inevitablemente reproduciendo esa violencia.
Y después nos sorprendemos cuando familias dejan de hablarse.
Cuando amigos se insultan.
Cuando cualquiera que piensa diferente pasa a ser automáticamente un traidor, un zurdo, un gorila, un facho, una casta o cualquier etiqueta que permita dejar de verlo como persona.
La Argentina ya sufrió demasiado por esa lógica.
No escribo estas líneas creyéndome dueño de ninguna verdad.
Mucho menos pretendiendo decirle a alguien qué debe pensar.
Durante casi veinte años defendí desde este espacio algo mucho más importante: el derecho a pensar.
Cada lector hará su propia evaluación.
Yo solamente puedo contar la mía.
Me preocupa profundamente una Argentina donde la bronca sea presentada como programa de gobierno.
Me preocupa una sociedad donde destruir al adversario parezca más importante que construir soluciones.
Me preocupa que volvamos a experimentar recetas económicas que nuestra propia historia obliga, como mínimo, a analizar con enorme prudencia.
Y sobre todas las cosas, me preocupa que confundamos libertad con la ausencia absoluta del Estado, firmeza con crueldad y rebeldía con odio.
Podría quedarme callado.
Sería muchísimo más cómodo.
Podría publicar cualquier otra cosa este domingo, mirar hacia otro lado y esperar simplemente el resultado de las urnas.
Pero después de casi veinte años escribiendo para miles de personas siento que también tengo la obligación de decir lo que pienso cuando realmente importa.
Después cada uno entrará al cuarto oscuro con su historia, sus esperanzas, sus frustraciones y sus convicciones.
Eso, justamente, es la democracia.
Cuídenla.
Buen domingo.